Debemos conocer cómo es nuestro idioma y, de acuerdo con este conocimiento, establecer cómo debemos usarlo. Nuestro idioma es un modo de ser, una forma de cultura, algo más que un código de señales, que hoy, tengámoslo presente, se extiende por millones de kilómetros cuadrados y que es casi el único vínculo que une a más de trescientos millones de seres humanos.
Puesto que pertenecemos a una comunidad de hablantes cuantitativamente respetable -ya se ha dicho que hablan español más de trescientos millones de personas-, y dado que el aspecto social y el aspecto individual son dos componentes esenciales del lenguaje, tenemos la responsabilidad social y personal de conocer nuestro idioma.
Sólo conociendo el idioma sabremos manejarlo y, consecuentemente, transmitir nuestras ideas con claridad y comunicar nuestros mensajes con la suficiente transparencia como para ser entendidos y comprendidos. Es obvio, sin embargo, que los profesionales de la palabra hablada y escrita, los periodistas, locutores, presentadores, creativos y publicistas, además de una responsabilidad social, tienen también la obligación moral de usar correctamente el lenguaje, pues es su herramienta de trabajo y han de manejarla con sabiduría y justeza para que sus mensajes sean veraces, convincentes y efectivos y, por consiguiente, merece el mayor de los respetos: "La lengua es un instrumento y, como en todo instrumento, la gradación de habilidades en su uso es muy extensa.".
